Esta semana volví a sacar El Secador Cósmico. Esta vez fue en Ribaforada y era ya la quinta edición de una propuesta que, aunque tiene una estructura, unas imágenes, unas preguntas y unas dinámicas concretas, nunca sucede exactamente igual, porque cada vez entra en la sala un grupo diferente, con sus propias experiencias, recuerdos, certezas, contradicciones y maneras de mirar.
Y es precisamente ahí donde empieza la parte que más me interesa.
Una propuesta que cambia cada vez que llega a un grupo nuevo.
El Secador Cósmico nace de mi trabajo con la fotografía, el arte y la cultura visual, y de una pregunta que atraviesa buena parte de lo que hago: cuánto de aquello que creemos completamente personal ha sido también construido por las imágenes, los mensajes y los aprendizajes culturales con los que hemos convivido durante años.
Me interesa observar cómo aprendemos a mirar el cuerpo, la belleza, lo femenino, lo masculino o aquello que consideramos adecuado, y qué ocurre cuando empezamos a reconocer que algunos gestos, costumbres o preferencias que sentimos como propios también tienen una historia.
Por eso hay una pregunta muy sencilla que aparece en el taller:
¿Te gusta o te han enseñado a que te guste?
No para invalidar el gusto de nadie ni para sustituir una norma por otra, sino justamente para ampliar la capacidad de elección, porque una persona puede descubrir de dónde procede un aprendizaje y seguir eligiéndolo exactamente igual; la diferencia es que quizá ahora puede verlo y decidir también desde ahí.



Qué es El Secador Cósmico.
El Secador Cósmico es una propuesta participativa que trabaja alrededor de la imagen, el cuerpo, la cultura visual, los mandatos de género y la libertad, utilizando fotografías, referencias visuales, conversación y distintas dinámicas para observar aquello que, después de verlo repetido durante años, hemos aprendido a considerar normal.
Las imágenes no son únicamente decoración: también transmiten códigos, referencias y formas de representación. Nos muestran qué cuerpos aparecen, cómo aparecen, qué modelos de belleza se repiten, qué comportamientos asociamos a unas personas y a otras y cuáles prácticamente desaparecen de nuestro imaginario.
Mi intención con el taller no es decirle a un grupo qué tiene que pensar, sino crear las condiciones para que podamos preguntarnos de dónde proceden determinados aprendizajes y qué queremos hacer con ellos una vez que somos capaces de reconocerlos.
Qué ocurrió en Ribaforada.
En esta edición participaron aproximadamente quince personas, mayoritariamente mujeres adultas. El grupo se mantuvo atento y participó durante la sesión, aunque la intervención fue más contenida que en otras experiencias que he facilitado.
Durante la conversación aparecieron cuestiones relacionadas con la costumbre, la presión social, los aprendizajes de género, la infancia, la juventud y también determinadas formas de control económico que a veces permanecen normalizadas.
Hubo conversación, pero también hubo silencios, especialmente cuando algunas preguntas cuestionaban comportamientos que solemos interpretar simplemente como decisiones individuales.
Y esos silencios me interesaron especialmente.
Preguntas, participación y también silencios
Cada vez me interesa más observar qué ocurre cuando formulo una pregunta y durante unos segundos nadie responde, porque durante mucho tiempo, como facilitadora, mi impulso era llenar inmediatamente ese espacio y ahora empiezo a pensar que, en determinados momentos, quizá tengo que hacer justo lo contrario: esperar.
Un silencio puede significar duda, desacuerdo, incomodidad, reflexión o simplemente ganas de escuchar, por lo que sería irresponsable interpretarlo automáticamente como un cambio de conciencia. Lo que sí puedo decir es que algunas preguntas detuvieron la conversación durante unos segundos y abrieron un espacio diferente para mirar determinadas ideas.
Y para mí eso ya tiene valor.
Pensar también necesita tiempo.


Cuando estar en desacuerdo también forma parte de la experiencia.
Después de la actividad recibí formularios de valoración de Ribaforada, y uno de ellos me parece especialmente interesante porque separa dos cosas que a veces confundimos: el acuerdo con las ideas y la calidad de la facilitación.
Después de la actividad recibí también valoraciones diferentes. Una de las personas expresó que no coincidía con algunas de las ideas planteadas y, al mismo tiempo, valoró positivamente la manera en que se había facilitado la sesión. Otra destacó especialmente el espacio de reflexión y el trabajo con patrones y referencias visuales.
Me interesa contar también esto porque un taller que trabaja sobre cultura visual, cuerpo, género y aprendizajes sociales no tiene por qué terminar con todas las personas pensando exactamente lo mismo; de hecho, me parecería extraño que ocurriera.
Mi responsabilidad no es conseguir consenso, sino intentar construir un espacio suficientemente cuidado para poder preguntar, escuchar, discrepar y seguir pensando. Y por supuesto intentar generar conciencia.
Lo que me dijo el feedback
El feedback de esta edición, unido a lo que he ido observando en experiencias anteriores, me sirve también para seguir afinando la propuesta y preguntarme qué necesita cada grupo para que la experiencia tenga sentido en su contexto.
Eso también forma parte de mi manera de trabajar: no entender El Secador Cósmico como una pieza cerrada que simplemente traslado de un lugar a otro, sino como una propuesta viva que observo, reviso y adapto sin perder aquello que la sostiene.
Lo que queda después de una sesión.
En Ribaforada me llevé también algo mucho más difícil de medir: las sonrisas al terminar, las conversaciones que continuaron después de la sesión, las personas que se acercaron a comentar lo que habían sentido o pensado y esa sensación de haber compartido un espacio en el que había sido posible hablar, escuchar, estar de acuerdo en algunas cosas y no estarlo en otras.
Eso es algo que valoro especialmente de El Secador Cósmico.
No busco construir una actividad en la que alguien explica y el resto simplemente escucha. Me interesa que las imágenes, las preguntas y lo que va ocurriendo en el grupo abran un espacio en el que podamos mirar algo cotidiano desde otro lugar.
Cada grupo es diferente y cada sesión también lo es. Por eso la propuesta puede adaptarse a distintos contextos sin perder aquello que la sostiene: la fotografía, la cultura visual, la participación y la posibilidad de detenernos a observar lo que normalmente pasa demasiado deprisa ante nuestros ojos.
Crear espacios donde mirar de otra manera.
El Secador Cósmico puede formar parte de programas de Igualdad, Cultura, Juventud, Educación, asociaciones, centros educativos y otros espacios donde tenga sentido trabajar alrededor de la imagen, la identidad, el cuerpo y la cultura visual.
Su particularidad está también en la manera de acercarse a estos temas: desde la fotografía, el humor, los objetos, las referencias visuales, la conversación y la experiencia compartida, sin convertir la sesión en una clase teórica ni en un discurso cerrado.
No porque una actividad vaya a transformar de repente aquello que llevamos años aprendiendo —esa sería una promesa que no puedo hacer—, sino porque sí puede crear un espacio para detenernos, reconocer algo que quizá estaba normalizado y comenzar una conversación que continúe después.
Si trabajas en una institución, asociación, centro educativo o proyecto y buscas una propuesta participativa alrededor de estos temas, puedes conocer aquí mis charlas y talleres sobre imagen e identidad en Navarra.